“…porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.”
Obviamente, nada de esto está ocurriendo hoy en día. Y obviamente, los gobiernos y las clases, hoy, no tiemblan, en absoluto.
Ni ante el Primero de Mayo, ni ante huelgas ornamentales como esta que se ha convocado para este 8 de marzo de 2018, Día de la Mujer, ni ante tantos otros actos de protesta que se vienen realizando desde hace ya muchos años.
La huelga es una herramienta importantísima de lucha social. Pero hay que utilizarla bien. Si no se usa como es debido, no sólo es un acto inútil, sino que incluso perjudica, porque transmite la enseñanza, a los que la hacen, y a los que no, de que las huelgas no sirven para nada.
Que vaya si sirven, pero así, no.
Cada huelga o manifestación de estas de medio pelo que se hacen, pone un poco más difícil el uso eficaz futuro de estas acciones, porque hace que cada vez sean menos los que participen en ellas.
Así, la huelga, “ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo!”
Una feria. Un desfile. Postureo. La huelga de los “bien quedan”.
Incluso en el mejor de los casos, si la huelga se hace de buena fe, por candidez o por ignorancia, no es más que un adormecedor de conciencias, un gesto para hacernos creer a nosotros mismos que estamos haciendo algo para defender unas ideas, cuando la realidad es que hace ya muchos años que no hacemos nada que sea verdaderamente eficaz para cambiar las cosas.
Pero hoy hacemos la huelguecita, sacrificamos un día de sueldo, y ya nos podemos poner la insignia de luchadores por la dignidad las mujeres. Y mañana, pues otra medallita, por la causa que toque.
Así, no.
Yo al menos ya no estoy para estos gestos de cara a la galería.
No tengo nada que demostrarme a mí mismo, yo trabajo por cambiar las cosas. También por las mujeres.
Pero si hago algo, es para para conseguir resultados.
Si “los gobiernos y las clases no van a temblar” con una huelga, con una manifestación, con algo que hagamos, entonces, no merece la pena.
Así que, si alguien quiere realmente cambiar las cosas, y me quiere a su lado, ya sabe dónde estoy.
Pero para posturitas, nunca más.
P.D. La huelga, bien planificada, bien preparada, masiva, e indefinida.
El objetivo, afirmar “la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente”.
El odio a la explotación de todos, y por tanto, también de las mujeres.
Para darle fin a un sistema que es el origen de esa explotación, de la desigualdad, de la injusticia.
“Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que sólo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.”
La raíz del problema. No los síntomas, sino la enfermedad. Lo
que tenemos que averiguar, y sanar, si queremos un buen Sistema
Educativo para las nuevas generaciones, para nuestro futuro.
Lo preguntaba aquí, pero no, no está ahí la respuesta. Nos
quedamos en los síntomas, en la superficie.
Vamos a profundizar.
Los seres humanos
estamos programados genéticamente para aprender, y mucho, especialmente en
nuestros primeros años de vida. Una simple cuestión de supervivencia.
Aprendemos cosas de
forma natural. Sin darnos cuenta. Por repetición, por
imitación, por experiencia.
Y los chavales
aprenden, ya lo creo. Aprenden lo que la sociedad les enseña. Lo que
necesitan para integrarse con éxito en la sociedad en la que tienen
que desarrollar su vida adulta.
Su aprendizaje es
coherente con la sociedad en la que viven.
Aprenden imitando
las conductas que la sociedad marca como exitosas. Lo que ven, lo que
funciona, lo que es valorado socialmente.
¿De quién aprenden
los chavales?
Miremos sus modelos,
las personas que son más famosas en este país, los que más salen
en la tele, los que más dinero ganan, los que más reconocimiento tienen:
- Futbolistas y
otros deportistas.
- Artistas (música,
cine) que destacan por su físico, raramente por la calidad de su
trabajo.
- Modelos de
pasarela y demás.
- Individuos
maleducados, zafios, incultos, irrespetuosos, egoístas, ignorantes,
estúpidos... que exponen sus mediocres vidas públicamente.
- Empresarios
corruptos que se hacen ricos abusando, robando y engañando aquí y
allí.
- Políticos
profesionales.
- Enchufados en los mejores puestos de trabajo (directivos y ejecutivos varios, entre
otros).
Etc.
Pregunta retórica:
¿quiénes de entre esos socialmente valorados “profesionales”
han necesitado una titulación para alcanzar su posición?
Pues eso. Está
claro, ¿no?
¿Cuántos
científicos famosos salen cada día por la tele? ¿Cuántos
científicos son tema de conversación en una comida o cena de
cualquier hogar actual?
O... ¿cuántos
padres jalean con pasión, entusiasmo, y hasta adoración, cada fin
de semana y entre semana, el trabajo de algún científico?
Ninguno. Jalean a
los futbolistas.
Más preguntas: ¿cuántos padres
leen con sus hijos? ¿Y cuántos ven la tele o juegan a la consola,
muchas horas al día, delante de sus hijos?
Profundicemos un
poco más:
Si nuestros chavales
miran su entorno, ¿cuántos parientes o amigos adultos conocerán
que:
1) tengan un título,
2) trabajen -en su municipio, sin haber tenido que emigrar- gracias a su título, y
3) estén contentos
con su trabajo?
Tal vez en nuestros
entornos personales -privilegiados, gente con cultura y trabajo- haya
algunos casos aislados. Pero no creo que sean muchos.
Pero hay enormes
bolsas de población -en nuestra región, en nuestro país-, donde la
gran mayoría de los chavales no tienen prácticamente ningún
referente positivo cercano que les muestre que obtener un título
merece la pena.
Y más aún, miremos
dentro de las aulas, donde los alumnos tienen unos referentes
cercanísimos para valorar si merece la pena sacarse o no un título:
sus profesores.
Quemados, cabreados,
maltratados, malpagados, despreciados, faltados al respeto
reiteradamente por las autoridades educativas, por la dirección de los centros, por los propios padres de los alumnos...
¿Esforzarse para
estudiar? ¡Venga ya!
Los chavales
aprenden cada día, de sus mayores, que en esta vida lo importante es
otra cosa. Darle patadas a un balón. Estar buen@. Llevar ropa de
marca. Agredir, gritar e insultar. Estafar y robar. Tener un buen
enchufe.
Y sobre todo, ante
todo, tener dinero. Lo más importante.
Somos lo que
tenemos. El dinero por encima de las personas. La lección principal.
Esto no hay centro
educativo que lo remedie.
Un detalle más y termino. No
quiero dejarme otra faceta de la misma enfermedad, fundamental también, casi tan importante como
lo anterior:
¿Cómo narices va a
concentrarse un chaval en las matemáticas o la lengua si tiene una
vida de mierda -con perdón otra vez-? ¿Si su familia vive en una
situación de penuria económica, si su preocupación es cuándo les
van a desahuciar, si vive en una chabola o piso ocupado sin agua ni
electricidad, o si el maltrato en el hogar, la violencia, la
delincuencia, las drogas... es su pan de cada día?
Realizar una
actividad intelectual compleja -a partir de cierta edad, aprender
según qué cosas lo es-, requiere concentración.
Y es difícil
concentrarse con el estómago vacío, o con la cabeza llena de
problemas mucho más graves que hacer una multiplicación de monomios o saber si
“cabeza” es sujeto o complemento directo.
Sin garantizar una
vida digna para tod@s, no puede haber educación digna para tod@s.
La raíz del
problema no está en las aulas: está en la sociedad.
Si queremos que los
chavales aprendan lo que es correcto, los adultos debemos hacer lo
correcto.
Si queremos una
mejor educación, la sociedad debe cambiar, los adultos deben
cambiar.
Es un error centrarse en los cambios en los centros educativos, y en las aulas, cuando la raíz del
problema está fuera.
Por ahí vamos mal.
Tratar los síntomas no va a funcionar.
Hay muchísimo que
mejorar dentro de las aulas, sí. Pero lo importante, lo principal,
debe hacerse fuera.
El estado de nuestro
Sistema Educativo es catastrófico. Cada año arroja miles de jóvenes
pésimamente preparados a la vida de adulto. La generación Ni-Ni. O
generaciones, porque va a salir más de una.
A algunos -demasiado
pocos- nos preocupa la Educación. Y una parte de los que nos
preocupamos -de nuevo también demasiado pocos- hasta actuamos para
intentar cambiar las cosas.
Pero difícilmente
vamos a actuar eficazmente si ignoramos la raíz del problema. ¿Por
qué falla el Sistema Educativo?
Es broma, claro. Obviamente no me creo esta “información” -propaganda, maquillaje-, pero
lo mismo reza con la tasa que reconocía el PSOE antaño. El
fracaso escolar real en Castilla-La Mancha no lo conoce nadie, pero
por mi experiencia, por lo que sé, es y ha sido, desde hace muchos
años ya, abrumador, casi generalizado. Me extrañaría muchísimo
que más de un 10% de los chavales salieran mínimamente formados al
terminar su educación secundaria obligatoria.
En cualquier caso, el problema no es sólo la LOMCE, los recortes
o el PP. Hay más, mucho más. La raíz del mal está mucho más
profunda.
Y si no encontramos la raíz del problema, no vamos a
solucionarlo, ni queriendo.
Otros colectivos (Lo primero es soñarlo) plantean actuar en centros públicos, tratando de mejorar la pedagogía existente -cavernaria- y la integración en la educación de padres, empresas y demás actores de la sociedad.
No educa la escuela, educa la sociedad.
Fundamental. Una necesidad obvia desde hace muchos años.
Y sin embargo, la presencia de estas experiencias hoy en día en nuestros centros públicos es casi inexistente, anecdótica.
Valoro enormemente el trabajo de estos padres y profesores, pero es insuficiente, y por mucho. Así no llegamos.
Otros (Caracolín,
Madreselva) tratan de salvar a sus hijos en sus propios centros privados -más
o menos independientes-, enfrentándose a las
dificultades que ello conlleva, como la falta de recursos económicos.
En mi opinión, a título particular -en plan "sálvese quien pueda"-, esta es la
mejor opción, pero es un camino muy complicado, de futuro incierto,
y al que pueden acceder muy pocas familias -por falta de medios, o de coraje, que hay que tenerlo, para optar por estas alternativas cuando están naciendo-.
Y además, educando bien a cuatro chavales no nos salvamos. Algunos de
ellos mejorarán sus posibilidades de futuro, y eso es mucho
-especialmente para ellos mismos y para sus padres-, pero, para el conjunto de los
castellanomanchegos, es, de nuevo, absolutamente insuficiente.
Todas estas iniciativas son pequeños parches, atenúan
ligeramente el daño global, pero no van a curar la enfermedad,
porque no tienen en cuenta hasta dónde llega la raíz del problema:
tratan los síntomas, pero apenas tienen en cuenta la enfermedad.
Y por ello, pregunto: ¿Cuál es la enfermedad de nuestro Sistema Educativo? ¿Cuál es la raíz del mal? ¿Lo sabemos? ¿Nos hemos parado a tratar de averiguarlo?
Si un superior jerárquico se acercara a mí en el trabajo, y me
dijera que no se me permite disfrutar de un derecho -a conciliar la
vida familiar y laboral- que la ley me reconoce, mientras que otros
compañeros sí lo disfrutan, me sentiría discriminado.
Si ese superior me tratara como un imbécil dándome una
justificación absurda y pueril para privarme de ese derecho, a la
vez que me culpabiliza de no sé cuántos males y, además, lo hace
público, me sentiría, posiblemente, vejado y humillado.
Pero si ese superior fuera un alto cargo de la Consejería de
Educación de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, y los
perjudicados fueran los profesores de primaria o secundaria, pues tal vez estaría
acostumbrado a ser vejado y humillado y tampoco pasaría nada por una
más.
El pasado 1 de enero de este año entró en vigor en Castilla-La Mancha una norma
interna que básicamente suprime el derecho de acudir a las tutorías
de sus hijos a profesores que sean padres. Pueden leer la circular que se envió al profesorado aquí.
Hay que leerla -y alucinar- para entender lo que expongo a continuación.
No creo que sea necesario entrar en la argumentación con la que
se justifica la medida, ratificada además por un juzgado. Cualquier
ser humano con más de 5 años y una capacidad de raciocinio normal
se daría cuenta de la ridiculez de la justificación que se da.
Aunque bien pensado, como de raciocinio andamos más bien escasos
en este país, voy a dar una pista. A ver si alguien me explica cómo un profesor y padre -o profesora y madre- que trabaja, digamos en... Campo
de Criptana, con más de 20 horas lectivas y, por consiguiente, sin
apenas huecos “sin alumnos” en su horario, puede encontrar ese
“momento más adecuado” para viajar al colegio de sus hijos en,
digamos... Ciudad Real capital... por ejemplo... asistir a la tutoría -que por
supuesto coincidirá fácilmente con el “momento más adecuado” del tutor-, y
volver después a Campo de Criptana, todo ello, sin perder una clase.
Igual han inventado ya los viajes en el tiempo y no me he
enterado. Y el Juez ese de Cuenca y el Inspector General de Educación
lo saben, y claro, por eso esta norma. Desde el pasado 1 de enero los
profesores de Castilla-La Mancha deben estar pasándoselo pipa
saltando en el tiempo una y otra vez desde los portales temporales
que ya debe haber funcionando en colegios e institutos.
A ver cuándo me ponen un portal de esos en mi curro.
En fin, bromas aparte, la única explicación que me viene a la
mente sobre la imposición de esta norma aberrante es la obvia: es
por joder. Con perdón. Nuestros dirigentes desprecian y aborrecen
la Educación y, por extensión, a los profesores. Siempre ha sido
así, y así sigue siendo.
Y si hay algo a lo que un político tiene miedo, pavor diría yo,
es a un pueblo bien educado, sabio, racional. ¿De dónde saldrían
sus votos si los ciudadanos supieran y razonaran?
Así que nuestros políticos, siguiendo la tradición caciquil característica de nuestra región, se dedican a vejar y humillar a los
profesores y, de paso, a empeorar sus condiciones laborales todo lo
que pueden. Entre otras labores.
Y claro, es difícil que un buen profesor -o uno normal- esté motivado para
educar adecuadamente a los alumnos si se le trata como basura.
Y aún así, increíblemente, alguno aguanta. Y lo hace bien. Por
vocación.
Pero son los menos. La mayoría, como no puede ser de otra manera,
se acaba quemando.
Ese es el “Sistema Educativo” en el que se escolariza -que no educa, no es lo mismo escolarizar que educar- a los niños y adolescentes castellanomanchegos. Y así nos va.
Vejar: Maltratar, molestar, perseguir a alguien, perjudicarle o
hacerle padecer.
Humillar: Herir el amor propio o la dignidad de alguien.
P.D. Fina la ironía de que, un profesor que parte de su trabajo
es atender a los padres de sus alumnos en las tutorías
correspondientes, no pueda a su vez acudir a las tutorías de sus
hijos. Tengo que reconocer que esta vez se lo han currado los
mandamases de la Junta.
Les costará superarlo... pero seguro que lo
harán.
No os hagáis
demasiadas ilusiones. Por desgracia, es sólo una pequeña brizna
verde en el extenso desierto participativo hispánico.
Y, naturalmente, esa
brizna no está en Ciudad Real. Aunque supongo que esto no hacía
falta que lo apuntara.
Me refiero al
municipio de Silla (Valencia). 18.000 habitantes. Gobierno de
coalición con cuatro fuerzas políticas: PSOE (5), COMPROMIS (2), IU
(1) y SILLA EN DEMOCRACIA (1).
En Silla, el pasado
febrero, se celebró un referéndum -vinculante- con varias
cuestiones en relación a dos ámbitos: los centros sociales y los
toros.
No es la primera
consulta ciudadana que se hace en nuestro país. Que no ha habido
muchas. En Ciudad Real, ninguna.
Pero sí ha podido
ser, esta de Silla, la consulta ciudadana más avanzada realizada en
España hasta la fecha.
Y es que ya es algo
extraordinario el hecho de ser una consulta -vinculante- con varias
cuestiones, planteadas a los vecinos simultáneamente, yendo más
allá de la típica consulta básica con una única cuestión y dos únicas
posibilidades (SÍ/NO).
Pero lo más
novedoso -y avanzado- es el uso del Sistema Preferencial en varias de
esas cuestiones.
El Sistema
Preferencial es una forma de toma de decisiones por votación que
permite expresar las preferencias dentro de una lista de
posibilidades.
Un ejemplo de la
propia consulta de Silla:
Sobre la plaza de
toros:
A) Que se monte y la
pague íntegramente el Ayuntamiento. B) Que se monte y se
pague por Ayuntamiento y peñas taurinas de manera proporcional a su
uso. C) No me importa que
se monte, pero que no la pague el Ayuntamiento. D) Que no se monte.
Los vecinos no se
limitan a escoger una opción, sino que pueden en cambio expresar una
lista de preferencias, por ejemplo: B-C-A-D.
Primero B, luego C, luego A, y por último, D.
Todos los votos
preferenciales de los vecinos se computan, por el método de Condorcet, para obtener la opción elegida.
Opción que, no
siendo necesariamente la más votada en primera posición, sí será
la más aceptada, en conjunto, por la mayor cantidad posible de
vecinos.
Esto es, este
Sistema permite escoger una opción de consenso.
Una mejora
significativa, allá donde hay más de dos posibilidades de elección,
frente a los sistemas mayoritarios de toma de decisiones.
Y algo más. Este
Sistema es también una mejora desde un punto de vista de pedagogía
sobre democracia, porque pone en práctica, electoralmente, la
búsqueda de opciones lo más respetuosas posibles con la totalidad (o al menos, una gran mayoría) de las personas.
Un Sistema para
buscar el acuerdo, no la imposición.
El método proporcional es la forma más justa de repartir escaños. Sin embargo, pesa sobre él una terrible maldición, como la del faraón, que lo condena ante los ojos de matemáticos, politólogos y expertos varios. Esa maldición se llama paradoja de Alabama.
Aviso para navegantes: este texto no va de política, sino, sobre todo, de matemáticas electorales.
Me ha parecido interesante escribir sobre esto porque ilustra uno de los problemas que tenemos los seres humanos, y no sólo en nuestro país: la falta de pensamiento propio, de espíritu crítico, la aceptación sistemática de los dogmas -sin cuestionarlos- si nos vienen de figuras con autoridad.
La paradoja de Alabama se considera unánimemente como un defecto del método proporcional, hasta el punto que, para muchos, lo hace menos válido que otros tan injustos como el método D'Hondt.
Y así se enseña, supongo, en las universidades. Nuestros catedráticos, nuestros licenciados, nuestros expertos, nuestras mentes más formadas. Todos dando por cierto, y transmitiendo de generación en generación, una valoración errónea acerca de un procedimiento matemático que, para más inri, es muy, muy básico.
Al grano: ¿qué es la paradoja de Alabama?
Lo explico a continuación, pero si lo preferís, os voy a pasar un vídeo donde una matemática, Guadalupe Castellano, explica el método D'Hondt y el método proporcional -"por la regla de tres"-, paradoja de Alabama incluida. Es una explicación muy buena, y sencilla, y muy correcta en cuanto a lo matemático. Pero incorrecta en cuanto a trasladar lo teórico a la vida real.
Lo cuento aquí igualmente, con un ejemplo -el mismo que usa la matemática del vídeo-:
Tenemos 521.000 votos divididos entre 6 candidaturas. Y queremos repartir 8 escaños de la manera más proporcional posible.
Para ello los repartimos mediante reglas de tres, a razón de un escaño cada 65.125 votos. Los asignamos:
Reparto proporcional, paso 1
Y nos encontramos con que sólo hemos asignado 5 escaños. Y ya ningún partido tiene 65.125 votos disponibles. Nos faltan 3 escaños.
La columna “Error” contiene la cantidad de votos que están “huérfanos” de escaño. La forma más justa de repartir esos 3 escaños es asignárselos a las candidaturas que tienen más votos sin cubrir (esto es, a los “restos mayores”). Que son D, E, y F. La cosa quedaría así:
Reparto proporcional, paso 2
Y ya tenemos repartidos los 8 escaños.
Como podemos ver, el método proporcional tiene error, un error de redondeo (118.750 votos mal representados, el 23% del total). Esto sucede porque no se puede ajustar a la perfección 8 escaños entre 6 candidaturas y 521.000 votos.
Y además, es un error importante -8 escaños son demasiado pocos: a medida que aumentan los escaños, el error tiende, con altibajos, a disminuir-.
Pero, en cualquier caso, el método proporcional minimiza el error. Con D'Hondt sería de 193.750 votos (37%).
Sin embargo, está la paradoja de Alabama.
Para saber lo que es la paradoja de Alabama, vamos a utilizar este mismo ejemplo, con los mismos votos, pero vamos a repartir ahora 9 escaños. El resultado es este:
Y, sorpresa, sorpresa, mirad lo que le ha ocurrido a la candidatura F.
Antes, repartiendo 8 escaños, le tocaba 1.
Ahora, repartiendo 9 escaños, no le toca ninguno. Repartiendo más, le tocan menos. Parece ilógico, ¿no? Ahí está la paradoja. Y también parece injusto.
Aunque en realidad, no lo es. Es una ilusión. Pero una ilusión que ha "engañado" a sabios y expertos desde 1880, que es cuando se descubrió este “problema”.
Una ilusión que ha bastado para condenar al método proporcional.
¿Dónde está el problema?
Si os fijáis en la candidatura F, en el primer caso, con 8 escaños, resulta que le tocó uno con sólo 32.000 votos, pese a que el escaño valía 65.125 votos.
Esto es, la candidatura F está muy sobrerepresentada. El error de redondeo le ha beneficiado, y mucho. Se podría decir que ha tenido esa suerte. A alguna le tenía que tocar beneficiarse por el error de redondeo más que las demás.
Cuando repartimos 9 escaños, toca uno para cada 57.889 escaños. Y ese hecho cambia las asignaciones -a D le toca el sexto escaño directamente-, y también los restos que sobran del reparto inicial de escaños. El tercer mayor resto, que antes era la candidatura F, ahora es la C, que es la que recibe el error de redondeo a su favor.
A la F, en cambio, le ha tocado ser la más perjudicada. De nuevo, a alguna le tenía que tocar. Mala suerte.
Pero este hecho no supone ningún problema añadido. Es una consecuencia de que el error existe, y no se puede evitar. Ese error a veces beneficia a unos y perjudica a otros... y otras veces, es al contrario.
Pero eso no altera el hecho de que el método proporcional es el que menos error tiene. Es el más justo. Con paradoja de Alabama, o sin ella.
Si usamos el método D'Hondt para repartir 9 escaños, el error que sale es de 156.222 votantes mal representados. En el proporcional, con paradoja, el error es de 128.889.
El proporcional es mejor.
Y eso no es todo. La metedura de pata de los sabios y expertos es todavía mayor. Porque la paradoja de Alabama no sólo no es algo negativo, sino que, en realidad, cuando aparece, puede ser muy beneficiosa. Me explico:
Imaginémonos dos elecciones consecutivas. En una se reparten 8 escaños, en la siguiente, 9. Pero los votos son los mismos, los de este ejemplo.
En el primer periodo, la candidatura F ha estado muy sobrerepresentada. Sus votantes han tenido más peso que el que realmente les correspondía.
En el segundo periodo, la candidatura F ha estado infrarepresentada, más o menos, en el mismo grado.
Esto es, el error del primer periodo se ha compensado en el segundo. Lo que se le dio de más antes, se le quitó después. Tomados en conjunto los dos periodos, el error, en el caso de la candidatura F, prácticamente ha desaparecido.
En conclusión: la paradoja de Alabama, en este caso, ha sido beneficiosa. Ha reducido, y mucho, el déficit de representatividad:
La paradoja de Alabama mejorando la representatividad
En el primer periodo, el déficit de representatividad era de 118.750 votantes. En el segundo, 128.889. Pero tomados los dos en conjunto, al producirse la paradoja de Alabama, el déficit acumulado baja hasta los 90.083 votos. 45.041 votos de error de media por periodo electoral.
Si hacemos lo mismo con el método D'Hondt, sale un déficit acumulado de 297.972 votos. Más del triple.
Y, por seguir comparando, con el método Sainte-Laguë, sale 204.056.
No hay color.
La maldición del método proporcional no existe. Es una ilusión. La paradoja de Alabama, de ser algo, sería, o podría ser, en algunos casos, una bendición. Así que, si hay que repartir escaños -que no tendríamos por qué, pero bueno, si hay que hacerlo-, el método es el proporcional. El de la regla de tres. Porque es el mejor. Porque es el más justo. Y si viene con paradoja, pues que venga. Mejor aún.
Y en cuanto a los expertos y sabios... y a los matemáticos... parece mentira que 135 años después de descubrir la paradoja... todavía sigan creyendo -y transmitiendo-, que es un problema. Un dogma de fe que se refuta con matemáticas elementales.
Manda huevos.
P.D. Que no sé yo si es sólo un problema de no saber, o también de no querer. Voy a ser mal pensado, para variar:
En el vídeo (minuto 12:40), cuando la entrevistadora le pregunta a la matemática si el método D'Hondt es más justo que el proporcional, no es capaz de responder que sí. Tartamudea.
¿Duda? ¿Le traiciona la conciencia? ¿Es buena matemática, pero mala mentirosa?
Al final, no afirma que sí, pero lo defiende de todas maneras, con un “...al menos, no tiene la paradoja de Alabama”.
Pues
sí, es todo eso, pero no podemos olvidarnos de algo más. Algo
esencial, tan importante como lo anterior.
Algo
que ya sabían hace mucho tiempo. Que nos podrían haber dicho
personas que vivieron hace 2.500 años. En Atenas.
Pero
no me voy a ir tan lejos. A 1748, nada más:
"No
es menester mucha probidad para que un gobierno monárquico o un
gobierno despótico se mantengan o se sostengan. En uno, la fuerza de
las leyes, y en otro, el brazo del príncipe siempre levantado,
bastan para regular y ordenar todo. Pero en un estado popular es
necesario un resorte más: la VIRTUD. Los
políticos griegos, que vivían en un gobierno popular, no reconocían
más fuerza para sostenerlo que la virtud. Los políticos de hoy no
nos hablan más que de fábricas, de comercio, de finanzas, de
riquezas e incluso de lujo. Cuando
la virtud deja de existir, la ambición entra en los corazones
capaces de recibirla y la codicia se apodera de todos los demás. [...] Antes, los bienes
de los particulares constituían el tesoro público, pero en cuanto
la virtud se pierde, el tesoro público se convierte en patrimonio de
los particulares. La república es un despojo y su fuerza ya no es
más que el poder de algunos ciudadanos y la licencia de todos." Montesquieu,
“El espíritu de las leyes”
Más
claro, agua.
P.D.
Un ciudadano virtuoso es también una persona responsable, que hace
por ser capaz de cumplir con sus obligaciones, en este caso,
políticas. Lo cual incluye adquirir la cultura política necesaria.
“La experiencia es la madre de la ciencia”, dice el dicho. La mejor forma de aprender algo es experimentando. Haciendo. Actuando.
Claro que la experiencia no es la única forma de aprender.
Un segundo camino, en general menos eficiente, menos eficaz, es el estudio. Aprender de las experiencias ajenas.
Para lo cual hay que tener disposición a aprender de otros, que no siempre se tiene. ”Nadie aprende en piel ajena”, reza otro dicho.
Y fundamental: para poder aprender de ellas, las experiencias de esos otros tienen que ser transmitidas de forma veraz.
Lo ideal es combinar ambas formas. Experimentar teniendo en cuenta lo que otros aprendieron -por experiencia- antes que tú.
Y por el contrario, quien no experimenta, ni estudia, en algo, no lo aprende. Y si ese algo es algo básico que afecta cotidianamente a su vida, es un caso de analfabetismo funcional.
La política no es una excepción.
Si una persona se limita a votar una vez cada cuatro años no experimenta la política. No participa. No decide. No hace.
Y si, todo lo más, se limita a consumir la propaganda -que no información- proporcionada por los medios de comunicación, tampoco aprende nada por la vía del estudio. Tan sólo memoriza lo que el Poder mediático quiere inculcarle.
Y eso es adoctrinamiento, no aprendizaje.
Quien sólo vota y consume propaganda, no aprende. Padece analfabetismo político.
Y si existe analfabetismo político, no se tiene capacidad suficiente para comprender la política, para saber por qué pasa lo que pasa, o cómo cambiar las cosas; o para tomar decisiones acertadas.
Nos equivocamos. Nos engañan.
¿Cuántas personas participan regularmente en política? ¿Cuántos, ya que no participan, al menos la estudian?
Uno de los
requisitos fundamentales que deben cumplir las asambleas de barrio y
sectoriales en un sistema de participación ciudadana local digno de
ese nombre, es ser democráticas.
Por desgracia, en
nuestro país, en aquellos lugares en los que se han creado foros,
asambleas, consejos, mesas de participación, etc., en general han
sido un completo desastre.
La razón principal
es la falta de costumbre de los españolitos de a pie en cuanto a
praxis democrática. Es la herencia de tantos años de dictadura
(1936-2015) en los que, a base de no practicar, a base de censura, y
a base de manipulación, nos han convertido en menores de edad en
cuanto a política se refiere: somos niños pequeños, y la
democracia es una herramienta política para adultos. Nos viene grande.
El otro motivo es
que los gobiernos locales se han cuidado mucho de poner en marcha
unos auténticos sistemas de participación ciudadana. Han puesto en
marcha modelos en apariencia participativos, pero que, a la hora de
la verdad, no eran más que otro paripé para dotar de un disfraz de
legitimidad democrática las decisiones del gobierno local de turno.
Respecto a este
segundo inconveniente, poco se puede hacer. Si nos hemos equivocado
al votar, el mal está hecho. Durante cuatro años más seguiremos
sin oler la democracia, al menos, a nivel institucional.
Esta propuesta
enumera unos requisitos para las asambleas que nos permitirían ir
superando el primer inconveniente:
1. Las integrarán
ciudadanos a título individual: ni asociaciones, ni partidos.
Esto es,
participación ciudadana directa frente al modelo representativo que
es precisamente el que está fallando.
Presuntos representantes ya
hay en el Pleno. En las asambleas, ciudadanos.
Sin embargo, se
esperará de los miembros de las asambleas que actúen teniendo en
cuenta los intereses colectivos (de TODOS los vecinos del municipio o
del barrio).
2. Los miembros de
las asambleas se escogerán por sorteo entre los voluntarios que se
presenten: si siempre ocupan los puestos los mismos, la participación
no es ciudadana; es de los de siempre.
Mientras haya
voluntarios de sobra, nadie podrá repetir presencia en una asamblea,
sea la misma o distinta, sea sectorial o de barrio.
Sólo en caso de
falta de voluntarios podrían repetir presencia las mismas personas,
pero siempre teniendo en cuenta que los que hayan integrado menos
asambleas tendrían prioridad sobre los que hayan integrado más. El
sorteo resolvería los empates.
3. El número de
miembros de la asamblea estará limitado: por sugerir unas cifras
orientativas, entre 10 y 20 personas.
Menos aumenta el
riesgo de actuaciones interesadas (es más fácil corromperse). Más,
de ineficiencia.
Naturalmente, todas
las sesiones serán abiertas, pero por ahora no es factible que todo
el mundo sea responsable de los asuntos públicos todo el tiempo. Es
algo que, al menos a día de hoy, no nos podemos permitir. Ni tenemos
tiempo, ni madurez política suficiente.
4. Habrá una
elevada rotación: como mucho cada 6 meses se renovarán
completamente sus miembros. La participación debe alcanzar al mayor
número de vecinos posible.
5. Habrá una
retribución económica para los miembros de las asambleas, en
reconocimiento al trabajo que estos van a realizar para la comunidad.
Esta retribución
será modesta (no se entra en política para ganar dinero): se
podrían asignar 200 € mensuales a cada miembro (asumiendo 10 horas
semanales de servicio a la comunidad, son 5 €/hora, 4 veces menos
que lo que cobra uno de nuestros actuales concejales).
Esto es, una
asamblea de, por ejemplo, 15 miembros, costaría 3.000 € al mes,
menos que uno de los concejales liberados. Y sacaría mucho más
trabajo (150 horas semanales frente a 40).
6. Las decisiones se
tomarán, siempre que sea posible -y debería serlo la gran mayoría
de las veces-, por consenso, por lo que siempre deberán estar
justificadas y argumentadas.
Excepcionalmente, cuando el consenso no
sea alcanzable, se recurrirá a la votación por mayoría simple.
7. Todas las
decisiones tomadas podrán ser revertidas por asambleas posteriores:
esto es, nada de esas aberraciones antidemocráticas de contratos de
25 años con indemnización por cancelación.
8. Cada asamblea
contará con los espacios necesarios en la web municipal, tanto para
emitir información directamente como para interaccionar virtualmente
con los vecinos. Máximas transparencia y participación.
Creo que esto es lo
esencial. No está todo, pero ya me estoy extendiendo demasiado. Con
esto, y con los dos textos anteriores, es más que suficiente para
hacerse una idea de cómo va la cosa.
¿Qué conseguimos
con unas asambleas con este funcionamiento?
- Máxima
participación ciudadana.
- Máxima
implicación de los vecinos a los que les ha tocado ser responsables
de los asuntos públicos (participación de calidad, no como la de
ahora).
- Mucha más
imparcialidad y justicia a la hora de tomar las decisiones.
En definitiva,
conseguimos mejores decisiones, y mucho más control ciudadano.
Además de un espacio para aprender a trabajar, y a vivir, la democracia.
Hace unos días, en uno de los caminos por los que mi perro me suele sacar a pasear, apareció este vertido. A poco más de un kilómetro de las afueras de Ciudad Real.
No escribo aquí para condenar a los indeseables que van
soltando sus desperdicios por donde les da la gana. Escribo porque este
pequeño acto de barbarie no es gratuito ni inevitable. Tiene unas
causas. Se puede extraer de ello una enseñanza.
Una foto ampliada del vertido:
Latas y botellas de cerveza. En cantidad.
No es casual. Determinadas prácticas van asociadas entre sí. Ponerse ciego de cerveza (o de alcohol) no es algo que suela ir asociado al respeto hacia los demás o al medio ambiente. El culto al “pasarlo bien”, que se ha convertido en religión en nuestro país estos últimos años, no incluye el trabajo de recoger y limpiar lo que se ensucia. Por el contrario, trabajar no es “pasarlo bien”, y limpiar y recoger lo que se ensucia es de “pringaos”.
Dogmas de fe de la España “moderna”, “desarrollada” y consumista.
Lo que han mamado las nuevas generaciones. Que luego salen “NiNis”, como no puede ser de otra manera.
Ah, que... ¿a cuento de qué viene lo del fútbol del título? Lo de la cerveza es evidente, pero el fútbol...
Muy sencillo. Para mí, la escena es clara: una banda de cabestros reunidos, varones en su mayoría, bebiendo cerveza, sentados frente a una de esas teles gigantescas, berreando ante un partido de fútbol. ¿Qué si no?
Vale, es especulación, y han podido estar haciendo otras muchas cosas. Pero uno no se imagina a los de una tertulia literaria tirando residuos cerveceros por las cunetas, ¿verdad?
Lo del fútbol es una hipótesis más que plausible.
Y me permite lanzar mi crítica a esa otra forma de “pasarlo bien”, ese otro divertimento de masas, el fútbol como deporte profesional, el claro sustitutivo moderno del “Circo” del “panem et circenses” de los romanos. Herramienta de fanatización, idiotización y control de masas.
Hoy en día, el fútbol va asociado a la barbarie.
Y si este vertido no es una prueba de ello, tal vez esto sí lo sea: http://www.eldiario.es/sociedad/critico-hinchas-Atletico-Madrid-Depor_0_330017194.html
En fin, no pretendo condenar a todos los bebedores de cerveza (entre los que ocasionalmente me incluyo) ni a todos los aficionados al fútbol (entre los que me incluí en mi juventud). No todos actúan así, obviamente. Muchos entienden tanto una cosa como la otra de una forma aceptablemente sana.
Pero la relación está ahí. No es algo excepcional, en absoluto.
Hay prácticas de nuestra sociedad que son asumidas masivamente como normales, incluso como algo vital, imprescindible para pasarlo bien o para ser alguien, o sentirte parte de un grupo, pero que son insanas, y vienen con un “regalo” asociado. En este caso, entre otras cosas, basura en el campo. En otros casos, los daños son mucho peores.
Si queremos un mundo donde la barbarie tenga mucho menos espacio del que tiene ahora, necesariamente, tendremos que asumir primero que hay muchas cosas que tienen también que cambiar en nuestra sociedad: entre ellas, tanto el fútbol, como la cerveza, tendrán que tener mucho menos espacio del que tienen hoy en día.
“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.
La Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha está elaborando, en estos momentos, una Ley de Educación propia, castellano-manchega. La finalidad de esta ley no es otra que dar el respaldo legal necesario al brillante camino emprendido por nuestras autoridades regionales desde que, hace ya nueve años, asumieran las competencias en materia de educación, que se ha coronado exitosamente estos últimos años superando la cota del 30% de fracaso escolar. Nuestro sistema educativo es uno de los peores de España, lo que supone un gran logro, teniendo en cuenta que los diferentes sistemas educativos españoles están a su vez entre los peores de Europa. Para obtener el máximo consenso posible en lo que a la elaboración de la Ley se refiere, la Consejería ha llevado a cabo una campaña de recogida de las aportaciones que los miembros de la comunidad educativa tuvieran a bien realizar. Todavía se pueden hacer propuestas aquí. Una pequeña parte de la comunidad educativa ha respondido al ofrecimiento, y ha hecho una buena cantidad de sugerencias que podrían servir, de ser escuchadas, para arreglar un poco el soberano desaguisado que actualmente es nuestro sistema educativo regional. Pero no caerá esa breva. Mucho me temo que el problema de nuestro sistema educativo no se va a resolver con esta Ley. Ni siquiera aunque contemplara las propuestas más necesarias de las realizadas por la comunidad educativa. Existen impedimentos demasiado grandes para ello.
Para empezar, los mandamases educativos hacen gala de una absoluta falta de autocrítica: están tremendamente satisfechos con su trabajo, y así lo repiten cada vez que tienen ocasión. El mensaje que transmiten es que, aun reconociendo que la situación del sistema educativo castellano-manchego es catastrófica, se está trabajando bien, incluso muy bien. La justificación de esta asombrosa afirmación es que antes la cosa era todavía peor -lo cual es, cuanto menos, discutible-, y que, en “sólo” nueve años la Junta no ha podido todavía mejorar suficientemente el deficiente sistema educativo que “heredó” del Estado español. Y es que en nueve años no da tiempo a nada, ya saben. Un instante insignificante. Luego, puesto que lo están haciendo bien, no van a cambiar su forma de actuar.
Otra consecuencia de esta autocomplacencia es que no se buscan soluciones fuera. Puesto que lo hacemos bien, no necesitamos estudiar lo que hacen en otras partes, otros países, donde según esos malinterpretados informes PISA, la calidad de sus sistemas educativos es muy superior a la del nuestro. Así que nada de ayudas externas.
Uno más. Existe un enorme desconocimiento de la situación real de nuestro sistema educativo, ya que sabemos que la situación es mala, pero no sabemos cuánto. Desde que la Junta decidió dejar de utilizar el informe PISA, el único dato que está manejando (al menos públicamente) es el número de suspensos y aprobados, el cual, como único indicador de la calidad del sistema educativo, es insuficiente. Al ser este número de aprobados el único indicador, el objetivo de la autoridad educativa es mejorar esa cifra, es decir, conseguir más aprobados. Y hay dos vías para obtener ese fin: la primera, elevando el nivel de formación de los alumnos; la segunda, bajando la exigencia a la hora de evaluarlos, o lo que es lo mismo, regalando los aprobados. La primera vía es difícil de conseguir, requiere voluntad, esfuerzo y capacitación; la segunda vía no requiere más que motivar ligeramente al profesorado para que suba las notas de los alumnos, aunque estos no mejoren, o incluso aunque empeoren. Adivinen cual de estas dos estrategias es la que está empleando la Consejería de Educación.
Se podría añadir mucho más, pero a grandes rasgos, están esbozados los motivos por los que la educación de nuestros alumnos no va a mejorar. Resumidos en uno, que no hay voluntad de que eso ocurra.
Pero eso no es lo peor. Lo más grave es que, en cierto modo, esta actitud negligente de las autoridades educativas está justificada, ya que, como comentó recientemente nuestro Director General de Personal Docente, tiene el respaldo de esa mayoría de votos recibida elección tras elección, desde hace ya 30 años. Este Sistema Educativo es como es porque una mayoría de castellano-manchegos así lo quiere, y así lo expresa en las urnas; o al menos, así lo permite. Y también se asume, en consecuencia, el daño que está causando, y el que va a causar, la incorporación a la vida de adulto de un creciente porcentaje de jóvenes cada vez más deficientemente formados. En fin, esperemos que, por el bien de todos, por nuestro futuro, los castellano-manchegos cambien, lo antes posible, de parecer.
“Me parece esencial que haya pordioseros ignorantes. No debemos instruir a la mano de obra, sino al buen burgués”. Voltaire.
Parece que el curso que viene, los alumnos castellanomanchegos van a poder disfrutar al fin de la polémica asignatura de “Educación para la ciudadanía”, con la consiguiente preocupación de algunos padres por si se produjera un posible adoctrinamiento moral de sus hijos.
Aunque no he tenido oportunidad de comprobar personalmente ninguno de los libros de texto de la asignatura, supongo que es de esperar que los editores aprovechen la coyuntura, tal vez provocada incluso por alguno de ellos, para incluir visiones sesgadas de la realidad que efectivamente pudieran influir de alguna manera en la forma de pensar de los alumnos.
Sin embargo, yo no me preocuparía demasiado. Tal y como está nuestro sistema educativo, el efecto de esta nueva asignatura será como el de las demás, más bien escaso. Si los chavales son adoctrinados, lo serán poco y mal. Será fácil para sus padres anular cualquier efecto nocivo, con un poco de atención que dediquen a sus hijos.
En cualquier caso, me voy a permitir sugerir a los padres una forma sencilla de contrarrestar el adoctrinamiento inadecuado de los chavales: den a leer a sus hijos, cuando hayan terminado su formación obligatoria, los tres libros que cito a continuación; y, a medida que los vayan terminando, coméntenlos con ellos. Son novelas amenas, fáciles de leer para un adolescente de 16 ó 17 años, pero que contienen unas enseñanzas imprescindibles para cualquier ciudadano de una sociedad que se pretenda democrática.
La primera, “1984”, de George Orwell. En esta novela los chavales asimilarán algunas técnicas con las que los estados totalitarios controlan a los ciudadanos. Por ejemplo, la de reescribir la historia y la realidad, el pasado y el presente, a conveniencia del régimen; o el control absoluto de todos los medios de comunicación, para que la información que reciba el pueblo sea la “adecuada”; o la enorme utilidad de la existencia de un “enemigo”, al que, por un lado, culpar de todos los males que causan los propios líderes y, por otro, para que infunda miedo y odio: un pueblo temeroso y visceral es un pueblo fácilmente manipulable. Como curiosidad, también descubrirán que el “Gran Hermano” original no es el del programa de Mercedes Milá.
La segunda novela es “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley. En ese libro podrán descubrir que la llamada sociedad de clases no es algo ya superado, y que las castas no están restringidas a La India; que la organización ideal de la sociedad, para algunos, no es ni mucho menos la democracia, sino una sociedad dividida entre los que mandan y los que obedecen, entre “Alfas” y “Betas”; y que la mejor forma de controlar a estos últimos, los que obedecen, los “Betas”, es creando una clase social de sujetos ignorantes, estúpidos y sumisos.
Por último, “Globalia”, de Jean-Christophe Rufin, donde podrán entrever cómo puede llegar a ser este mundo “globalizado” al que nos están dirigiendo y del que ya se pueden apreciar los primeros esbozos: un “primer mundo” formado por un estado único, global, donde los ciudadanos han sido adoctrinados en tal grado que han perdido la capacidad de pensar por sí mismos, y donde el gobierno es una oligarquía de multimillonarios que se disimula mediante una aparente democracia, en la que la participación del pueblo se limita exclusivamente a lo banal; y un “tercer mundo” totalmente empobrecido, abandonado a su suerte, donde la riqueza sigue siendo expoliada para beneficio del estado global y de sus élites dirigentes, sin que a nadie de ese “primer mundo” le importe ya lo más mínimo.
Con esos tres libros será suficiente. No hablan de la Iglesia, ni de la homosexualidad o el aborto, por lo que en lo que respecta a esos temas corresponde a sus padres ejercer como tales y matizar, si lo creen conveniente, la “doctrina” enseñada en las escuelas.
En cambio, si sus hijos leen y asimilan estas tres novelas, muy posiblemente podrán superar el auténtico adoctrinamiento oficial, el que se inicia en las aulas al proporcionarles una educación deficiente, y prosigue después en el mayor medio de adoctrinamiento existente hoy en día: la televisión.
Así, podrán detectar la considerable cantidad de coincidencias que hay entre los ficticios regímenes totalitarios de las novelas y nuestra realidad cotidiana, y quizás lleguen a pensar que las cosas no son como nos las cuentan unos medios de comunicación casi tan manipulados y controlados como los de “1984”. También puede que lleguen a sospechar que les han educado para ser “Betas”, como en “Un mundo feliz”, y se rebelen contra ello. Y quizás se rebelen también contra esa Unión Europea que el “Tratado de Lisboa”, antaño “Tratado por la Constitución Europea”, está definiendo, un primer paso hacia el siniestro mundo globalizado que se dibuja en “Globalia”.
En definitiva, si les ayudamos, de una forma tan sencilla, a vencer ese adoctrinamiento, tal vez no caigan en los mismos errores en los que han caído sus mayores y, quién sabe, tal vez lleguen, algún día, a disfrutar de una verdadera democracia.
Naturalmente, antes que los hijos, deberían leer las novelas... sus padres.
¿Conocen a alguno de esos profesores que lleva 20 años opositando, 20 años suspendiendo las oposiciones, y sin embargo no ha dejado de dar clase en la escuela pública? Son los llamados profesores interinos, profesores que desempeñan su labor pero sin tener su plaza fija de funcionario. Hay una buena cantidad de ellos en los institutos y colegios de Castilla-La Mancha. Aunque no aprueban las oposiciones, como, por algún oscuro motivo, hay una considerable cantidad de plazas de profesores sin cubrir, la administración educativa ordena a los aspirantes que no han aprobado las oposiciones en bolsas, y los va llamando para cubrir esas plazas. En esas bolsas la experiencia otorga una mejor posición, por lo que los aspirantes que llevan tiempo dando clase son escogidos todos los años para cubrir las plazas, y por ello no dejan de trabajar en las aulas, pese a no superar jamás el proceso selectivo. Lo que a mí me llama la atención de todo esto es un detalle, aparentemente inexplicable: tenemos una considerable cantidad de profesores en nuestros institutos que llevan 5, 10, 15 ó 20 años educando a los chavales, y que, cuando se presentan a las oposiciones, las suspenden. ¿No es algo, cuanto menos, extraño?
Los procesos selectivos deben servir, en teoría, para seleccionar a los candidatos con mayor mérito y capacidad (art. 103.3 de la Constitución Española). Un educador, por lógica, va ganando mérito y capacidad con la experiencia. Si esos profesores interinos son mínimamente aptos para el trabajo que realizan, con un poco de experiencia deberían aprobar fácilmente las oposiciones. Sin embargo, no las aprueban.
Otro detalle curioso: en algunos tribunales de oposiciones, toca actuar de jueces a profesores con únicamente dos años de docencia, ya que obtuvieron su plaza en la anterior oposición (en Castilla-La Mancha son cada dos años), sin tener experiencia previa. Ya es difícil de entender que esos profesores juzguen a candidatos con mucha más experiencia educativa que ellos, pero... ¡encima les suspenden! Un profesor con dos años de experiencia... ¡suspendiendo a uno que lleva 20 años dando clase! ¿Tiene eso sentido?
Más paradojas: si las oposiciones juzgan adecuadamente el mérito y capacidad de los candidatos a profesores, entonces esos candidatos que suspenden, oposición tras oposición, y que llevan varios intentos fallidos a sus espaldas... ¡deben ser unos auténticos incompetentes! Y si esto es así... ¿cómo es que la administración educativa les sigue llamando para dar clase, todos los años? ¿Es que la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha está permitiendo deliberadamente que unos reconocidos ineptos se ocupen de la educación de nuestros hijos?
En fin, todas estas paradojas tienen su explicación. En realidad es muy sencilla. Las oposiciones deberían servir para seleccionar a los candidatos de mayor mérito y capacidad para el trabajo que van a realizar. Pero no cumplen con esa función. Las oposiciones son un filtro, pero no hacen una selección por mérito y capacidad para la docencia, sino por otros factores, que ahora no vienen al caso. Y así, en nuestro sistema educativo hay buenos docentes, pero también los hay malos, muy malos, con su oposición aprobada y su plaza fija. El mérito y capacidad que han demostrado ha sido para pasar una prueba concreta, prueba que no mide, en absoluto, el mérito y capacidad necesarios para ser un buen docente.
Después de muchos años de este despropósito, las autoridades educativas de la Junta, por fin, han decidido actuar. La solución que han encontrado no es algo novedoso en el acceso a la función pública: ponérselo fácil a los profesores interinos en las oposiciones. Dar puntos por antigüedad, incluso hacerles pruebas diferentes, para que aprueben, sí o sí, una buena cantidad de ellos. Lo hicieron el año pasado en las oposiciones de primaria y parece que lo van a hacer este año en las de secundaria y formación profesional. Pero, claro, así no se soluciona gran cosa. Habrá buenos profesores interinos que van a obtener, al fin, su plaza fija, pero... también la obtendrán los malos, ya que el “bonus” se les otorga por ser interinos, no por su buen hacer como educadores. Por lo demás, las oposiciones, en lo esencial, no han cambiado, por lo que seguirán sin servir para seleccionar a los mejores.
Y lo del mérito y capacidad... pues lo dejamos para los fineses, ¿no?, que para eso salen los primeros en el informe PISA.
Termino con una última curiosidad: ¿sabían que, en Castilla-La Mancha, en algunas especialidades, por falta de aspirantes en las bolsas, se llama para dar clase a opositores con una calificación de cero (mondo y lirondo) en los exámenes del proceso selectivo?