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domingo, julio 10, 2016

El Reajuste Mental Instantáneo: la bipolaridad orwelliana del votante (y V)

Un último ejemplo para terminar: el caso del votante-cigarra.

Un minuto antes de conocer los resultados electorales: seguidores de un partido indignados ante una situación de injusticia inaceptable. Los cambios no pueden esperar.
Un minuto después de conocer los resultados electorales, si su partido no ha ganado: esos mismos seguidores resignados a continuar cuatro años más en la misma o peor situación. Los cambios tendrán que esperar.

Lo que era intolerable, ha pasado a ser, de repente, tolerable por lo menos cuatro años más.

El votante-cigarra no concibe cambiar las cosas fuera de las instituciones. Sólo ve un camino: ganar las elecciones. Por ello, como las cigarras, se activa en periodo electoral, brama con todas sus fuerzas, con pasión, procrea... y después, pasada la efervescencia electoral, sea cual sea el resultado, vuelve a su estado habitual de letargo.

Ciclo vital del votante-cigarra

Si algo es importante para una persona, no espera cuatro años para empezar a trabajar en ello. Se trabaja desde ya. Se trabaja cada día.
Para el votante-cigarra, la importancia de las cosas varía radicalmente dependiendo del tempo electoral. En periodo de elecciones, se magnifican. Fuera de esos días, lo que era tan importante pasa automáticamente a la categoría de “esa triste realidad que nos ha tocado vivir y que no podemos cambiar”.

Reajuste mental instantáneo.

Conclusión

Vivimos en una continua incoherencia:

Por un lado, la versión oficial, la creencia: “tenemos democracia con sus super-importantes procesos electorales; las cosas se cambian desde las instituciones”.

Por otro lado, la realidad: oligarquía económica y una farsa electoral irrelevante cada cuatro años.

Esa divergencia absoluta entre realidad física y creencia mental produce contradicciones continuadas, las cuales hay que reparar para seguir creyendo, parcheándolas, creando un esquema mental temporal, que dura hasta que la siguiente contradicción nos lo rompe y tenemos que parchearlo de nuevo.
Para ello, damos bandazos mentales bipolares, creamos enemigos imaginarios, olvidamos la Historia -incluso la que hemos vivido nosotros-, y repetimos una y otra vez dogmas absurdos hasta convertirlos en verdades indiscutibles.

Orwell entendió perfectamente este fenómeno, llevándolo al extremo en “1984”. Un extremo en principio exagerado e irreal, pero al cual nos estamos acercando cada vez más.

A medida que aumenta el deterioro social, la divergencia entre el cuento de hadas oficial y la cruda realidad es cada vez mayor. Y ello obliga a reajustes mentales cada vez más frecuentes, cada vez más extremos.

Y así estamos. Así nos va.

Bienvenidos a “1984”.

sábado, julio 09, 2016

El Reajuste Mental Instantáneo: la bipolaridad orwelliana del votante (IV)

No voy a exponer más “cambios de enemigo”, pero en los dos siguientes casos el reajuste mental bipolar es básicamente el mismo. Diferente forma, misma esencia.
Esta situación se ha producido más de una vez en nuestra historia electoral. Incluyendo nuestra escenificación más reciente:

España. 1984-2016.

Un minuto antes de conocer los resultados electorales: seguidores de un partido con la certeza absoluta de que van a ganar las elecciones -o en su versión más suave, de que van a conseguir un resultado excelente-.

Así se lo llevan diciendo sus líderes las últimas semanas, incluso meses.
Vamos a ganar. Vamos a ganar. Vamos a ganar.

Un minuto después, han perdido.

Es difícil de aceptar que unas personas en las que habías puesto toda tu confianza, te han engañado, vendiéndote un caballo ganador, fuerte y rápido, que en realidad ha resultado ser, todo lo más, un caballo normalito, del montón. Si no un penco cojo.

Y todavía es más difícil de aceptar si quieres seguir creyendo a toda costa en el cuento de hadas. 

¡Quiero que sea un caballo ganador! - ¡Tiene que serlo! - ¡Lo es!

Así que hay que reajustar la mente. 

El líder no nos ha engañado. Seguimos creyendo en el líder. Los culpables son otros.

“¡Sabotaje! ¡Los agentes de Goldstein son los culpables!”

RESET ALL. Reajuste mental instantáneo.

Hay que buscar culpables. Es fácil. Hay mucho donde elegir.

Algunos tirarán de culpables más plausibles, como la manipulación mediática o la manipulación de las encuestas. Así, el líder, en lugar de estafador, es otra víctima, como ellos. Un líder que, cual Ave Fénix, resurgirá de sus cenizas, y superará -no se sabe cómo- las artimañas de esos que han impedido su victoria esta vez. La próxima vez, ganarán. O se autoengañarán de nuevo.

Los peores casos de ceguera fanática ni siquiera reconocerán la derrota electoral, agarrándose a cualquier excusa, como los fallos chapuceros habituales, para magnificarlos y convertirlos en el pucherazo que les ha robado la victoria segura. *

Y otros, sencillamente, echarán la culpa a cualquiera que no haya hecho lo que ellos, cualquiera que no pertenezca a su rebaño de creyentes. Abstencionistas, votantes en blanco o nulo, votantes a partidos minoritarios...

Siempre hay a mano alguien ajeno a quien culpar de los errores propios: credulidad, ignorancia, negación de la realidad.

1984. George Orwell.

¿Exageración? ¿Anacronismo?



* Nota: Pucherazo ha habido, pero ha sido el de siempre. El que está regulado en la LOREG y en la Constitución.

Lo llaman democracia, y no lo es.

jueves, julio 07, 2016

El Reajuste Mental Instantáneo: la bipolaridad orwelliana del votante (III)

Toledo. Castilla La Mancha. 2015. Medianoche del 24 al 25 de mayo.

Emiliano García Page sale a dar su discurso Post-Electoral.

El PSOE ha sacado 15 diputados. El PP 16. ¡El PSOE ha ganado! ¡Page es el próximo Presidente de CLM!

Page anuncia la “victoria” con total naturalidad. Él mismo se autonombra Presidente con su minoría de escaños, teniendo la total certeza de que puede contar, a discreción, incondicionalmente, con los dos diputados de Podemos.

Muchos de los que votaron a Podemos no lo sabían.

Pero lo asimilaron instantáneamente.



En mayo de 2011, muchos salimos a la calle. Lo teníamos claro. El enemigo era el PPSOE.

¡PP y PSOE, la misma mierda son!”

Una parte de los quinceemeros que tenían eso tan claro en 2011, apoyó a Podemos cuando este salió a escena. Votaron a Podemos en las municipales-autonómicas de 2015.
Y una parte de esos quinceemeros -los que siguieron votando y apoyando a Podemos- reajustó su mente en la medianoche del 24 al 25 de mayo de 2015. Instantáneamente.
El enemigo ya no era el PPSOE. Ahora era el PP. Ahora el PSOE era aliado -circunstancial, no fiable, con pinzas en la nariz... pero aliado al fin y al cabo-.

Y para ello, los votantes de Podemos provenientes del 15M tuvieron que olvidar que el PSOE gobernaba en España -desde 2004, 7 años ya- cuando se vieron obligados a salir a las plazas.
Los votantes castellanomanchegos de Podemos provenientes del 15M tuvieron que olvidar que el PSOE llevaba gobernando en CLM desde 1983.
Y estábamos mal. Tan mal como para tener que tomar las plazas.
El PSOE también era el enemigo. Y lo sabían.

Pero lo olvidaron. Instantáneamente. Borraron de su disco duro todos los archivos anteriores a mayo de 2011. Borraron todo aquello que les mostraba lo que era el PSOE realmente.

¡El enemigo ya no es el PPSOE! El enemigo es ahora el PP, sólo el PP. ¡Odiamos al PP! ¡Siempre hemos odiado al PP! ¡El PSOE es aliado de Podemos!

RESET ALL. Reajuste mental instantáneo. Cambio de enemigo.


¿Exageración? ¿Anacronismo?

miércoles, julio 06, 2016

El Reajuste Mental Instantáneo: la bipolaridad orwelliana del votante (II)

España. 1984-2014.
Dos enemigos irreconciliables, antagónicos y mutuamente demonizados, odiados y temidos: PP vs PSOE.
Desde hace ya algunos procesos electorales, millones de personas acuden a las urnas para votar al PSOE, no porque este partido les represente, sino por el terror que sienten ante un potencial triunfo del PP.
Igualmente, millones de personas acuden a las urnas para votar al PP aterrorizados ante un potencial triunfo del PSOE.

2014. Hace su aparición en escena Podemos.

Diciembre de 2015. Elecciones Generales. La calculadora electoral habla: las cuentas no salen.

Rajoy:
El enemigo ya no es el PSOE. ¡El enemigo es Podemos! El PSOE es un potencial aliado. Un “pacto de Estado” es necesario. ¡Hay que defender juntos nuestra Patria, Una, Grande y Libre, frente al nuevo enemigo! ¡Odiamos a Podemos! ¡Esos malvados comunistas-terroristas-iraníes-separatistas-bolivarianos y su maligno líder rojo! ¡Te odiamos, Coletas!

Cerebro de una buena parte de los millones de votantes del PP -que seguirán votando al PP en el futuro-:
Borrado instantáneo de más de treinta años de animadversión visceral contra el PSOE.
El enemigo es Podemos. Terror. Terror.
El PSOE es potencial aliado.

RESET ALL.
Reajuste mental instantáneo. Cambio de enemigo.
ACEPTAR.



P.D.1 No descartemos lo mismo también en una parte de los votantes del PSOE en unos meses, si su partido hace posible el gobierno del PP.
¡El enemigo es Podemos! ¡Podemos es peligroso! ¡Odiamos a Podemos!

P.D.2 Y sí, vale, estos reajustes mentales “instantáneos” no lo son tanto. Los propagandistas del Régimen preparan previamente a la gente para aceptar estos cambios antes de que los hagan efectivos. La manipulación mediática es continuada. 24x7. Cada día, todos los días. Como en “1984”.
Así, cuando llega el día D, el reajuste mental se produce fluidamente. La gente acepta con normalidad una situación que un tiempo antes habría considerado impensable, intolerable.





¿Exageración? ¿Anacronismo?

martes, julio 05, 2016

El Reajuste Mental Instantáneo: la bipolaridad orwelliana del votante (I)

La primera vez que leí “1984”, siendo bastante joven y, en consecuencia, ignorante, me pareció una novela muy interesante, pero tal vez en exceso anacrónica y exagerada. Sin embargo, cuanto mayor me hago, cuanto más aprendo, más certera y real me parece, y más admiro la visión y capacidad de análisis de George Orwell para identificar patrones de comportamiento psicológico de las masas y de funcionamiento de las dictaduras.

Precisamente uno de los pasajes que más exagerado me pareció entonces, lo veo hoy de la más rabiosa actualidad. Lo tengo que transcribir entero. Merece la pena releerlo una vez más sin dejarse una coma. Saboreadlo y disfrutadlo:

En el sexto día de la Semana del Odio, después de los desfiles, discursos, gritos, cánticos, banderas, películas, figuras de cera, estruendo de trompetas y tambores, arrastrar de pies cansados, rechinar de tanques, zumbido de las escuadrillas aéreas, salvas de cañonazos..., después de seis días de todo esto, cuando el gran orgasmo político llegaba a su punto culminante y el odio general contra Eurasia era ya un delirio tan exacerbado que si la multitud hubiera podido apoderarse de los dos mil prisioneros de guerra eurasiáticos que habían sido ahorcados públicamente el último día de los festejos, los habría despedazado... en ese momento precisamente se había anunciado que Oceanía no estaba en guerra con Eurasia. Oceanía luchaba ahora contra Asia Oriental. Eurasia era aliada.

Desde luego, no se reconoció que se hubiera producido ningún engañó. Sencillamente, se hizo saber del modo más repentino y en todas partes al mismo tiempo que el enemigo no era Eurasia, sino Asia Oriental. Winston tomaba parte en una manifestación que se celebraba en una de las plazas centrales de Londres en el momento del cambiazo. Era de noche y todo estaba cegadoramente iluminado con focos. En la plaza había varios millares de personas, incluyendo mil niños de las escuelas con el uniforme de los Espías. En una plataforma forrada de trapos rojos, un orador del Partido Interior, un hombre delgaducho y bajito con unos brazos desproporcionadamente largos y un cráneo grande y calvo con unos cuantos mechones sueltos atravesados sobre él, arengaba a la multitud. La pequeña figura, retorcida de odio, se agarraba al micrófono con una mano mientras que con la otra, enorme, al final de un brazo huesudo, daba zarpazos amenazadores por encima de su cabeza. Su voz, que los altavoces hacían metálica, soltaba una interminable sarta de atrocidades, matanzas en masa, deportaciones, saqueos, violaciones, torturas de prisioneros, bombardeos de poblaciones civiles, agresiones injustas, propaganda mentirosa y tratados incumplidos. Era casi imposible escucharle sin convencerse primero y luego volverse loco. A cada momento, la furia de la multitud hervía inconteniblemente y la voz del orador era ahogada por una salvaje y bestial gritería que brotaba incontrolablemente de millares de gargantas. Los chillidos más salvajes eran los de los niños de las escuelas. El discurso duraba ya unos veinte minutos cuando un mensajero subió apresuradamente a la plataforma y le entregó a aquel hombre un papelito. Él lo desenrolló y lo leyó sin dejar de hablar. Nada se alteró en su voz ni en su gesto, ni siquiera en el contenido de lo que decía. Pero, de pronto, los nombres eran diferentes. Sin necesidad de comunicárselo por palabras, una oleada de comprensión agitó a la multitud. ¡Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental! Pero, inmediatamente, se produjo una tremenda conmoción. Las banderas, los carteles que decoraban la plaza estaban todos equivocados. Aquellos no eran los rostros del enemigo. ¡Sabotaje! ¡Los agentes de Goldstein eran los culpables! Hubo una fenomenal algarabía mientras todos se dedicaban a arrancar carteles y a romper banderas, pisoteando luego los trozos de papel y cartón roto. Los
Espías realizaron prodigios de actividad subiéndose a los tejados para cortar las bandas de tela pintada que cruzaban la calle. Pero a los dos o tres minutos se había terminado todo. El orador, que no había soltado el micrófono, seguía vociferando y dando zarpazos al aire. Al minuto siguiente, la masa volvía a gritar su odio exactamente como antes. Sólo que el objetivo había cambiado.”
1984. George Orwell.


Reajuste mental instantáneo. En cuestión de segundos, de décimas de segundo, se pasa de creer ciegamente una cosa, a creer ciegamente la contraria.

¿Exageración? ¿Anacronismo?

domingo, mayo 15, 2016

15M, cinco años después

Cuando un niño se enfrenta a situaciones que le contrarían, y se siente impotente ante ello, suele dar salida a su frustración a través de las rabietas. Cuando la rabieta pasa, si el deseo del niño no se ha visto cumplido, este pasa a un estado de aceptación. Estamos programados genéticamente para asumir la realidad.

El 15M fue una rabieta. Una sociedad inmadura políticamente enfrentándose a unas circunstancias que no eran de su agrado -indignantes-, pero que, dada su inmadurez, es impotente ante ellas: no sabe canalizar su cabreo en acciones útiles que cambien las cosas; en lugar de eso, estalla emocionalmente.
Y pasado el estallido emocional, sin el resultado deseado, los “niños” pasaron a un estado de pasiva asunción de la desagradable realidad política. Fin de la rabieta.

No quiero decir con esto que la rabieta no haya tenido consecuencia alguna. Sí las ha tenido.

Al igual que el mecanismo de una olla exprés, la rabieta sirve para aliviar la presión cuando esta alcanza niveles peligrosos -para el Sistema-. Así ocurrió con el 15M. El estallido emocional alivió la presión social que existía ante una partitocracia más cuestionada que nunca, que respondía cada vez menos a las necesidades de la gente, y cada vez más a las demandas del Poder económico.
La gente se indignó, ocupó las plazas, gritó, lloró, y, cuando pasó todo ello, volvió, ya más calmada, a sus vidas, incluida a la obediencia sumisa a ese Régimen político que detesta, pero que es incapaz de cambiar.

Una segunda consecuencia del 15M fue permitir que unos hábiles oportunistas identificaran y aprovecharan el momento para captar un gran nicho electoral, que estaba desatendido por los partidos políticos hegemónicos. El 15M, para ellos, fue como el toque de campana que indica que la hora de comer ha llegado, que el alimento ya está disponible y preparado para ser devorado. Y lo estaba.
El hecho de que esa gran masa de potenciales votantes viera cubierta su necesidad de un referente partidista, que les dijera lo que querían oír, disminuyó todavía más lo poco que quedaba de la movilización ciudadana propiciada por el estallido emocional.

Y también contribuyó a esta desmovilización que parte de las personas que hace cinco años ya estaban movilizadas contra el Sistema, que no supieron leer lo que era realmente el 15M, y que se crearon esperanzas y expectativas irreales, acabaran quemadas, decepcionadas, sin ganas de seguir luchando.

El 15M actuó, en definitiva, como gran factor de desmovilización, dejando esta reducida a su mínima expresión en y para muchos años.

Pero bueno, no quiero dar la impresión de que todo, todo, ha sido negativo. El 15M también abrió la puerta a la movilización a unas cuantas personas, en especial jóvenes, que estaban desmovilizadas entonces, y que todavía lo están ahora. Casi todos ellos habrían acabado, tarde o temprano, actuando, pero el 15M hizo que fuera más temprano que tarde. Algo es algo, ¿no?

Mi conclusión: el 15M fue una buena muestra de que, hoy en día, el Poder establecido tiene más capacidad que nunca -partidos políticos, televisión y demás medios de adoctrinamiento- para controlar y anular los estallidos emocionales de las masas. Por ahí no hay nada que hacer.
La revolución no va a llegar por la vía emocional. O viene desde la racionalidad, o no llegará.
Una revolución de adultos, que no sólo ocupen las plazas, sino que se pongan a construir una sociedad justa, digna, humana, a través de herramientas políticas de adultos: la autogestión y la democracia.
Lejos estamos todavía de ese día, me temo.

jueves, enero 21, 2016

La maldición de Tutankamón del método proporcional: la paradoja de Alabama

El método proporcional es la forma más justa de repartir escaños. Sin embargo, pesa sobre él una terrible maldición, como la del faraón, que lo condena ante los ojos de matemáticos, politólogos y expertos varios. Esa maldición se llama paradoja de Alabama.

Aviso para navegantes: este texto no va de política, sino, sobre todo, de matemáticas electorales.
Me ha parecido interesante escribir sobre esto porque ilustra uno de los problemas que tenemos los seres humanos, y no sólo en nuestro país: la falta de pensamiento propio, de espíritu crítico, la aceptación sistemática de los dogmas -sin cuestionarlos- si nos vienen de figuras con autoridad.

La paradoja de Alabama se considera unánimemente como un defecto del método proporcional, hasta el punto que, para muchos, lo hace menos válido que otros tan injustos como el método D'Hondt.
Y así se enseña, supongo, en las universidades. Nuestros catedráticos, nuestros licenciados, nuestros expertos, nuestras mentes más formadas. Todos dando por cierto, y transmitiendo de generación en generación, una valoración errónea acerca de un procedimiento matemático que, para más inri, es muy, muy básico.

Al grano: ¿qué es la paradoja de Alabama?

Lo explico a continuación, pero si lo preferís, os voy a pasar un vídeo donde una matemática, Guadalupe Castellano, explica el método D'Hondt y el método proporcional -"por la regla de tres"-, paradoja de Alabama incluida. Es una explicación muy buena, y sencilla, y muy correcta en cuanto a lo matemático. Pero incorrecta en cuanto a trasladar lo teórico a la vida real.



Lo cuento aquí igualmente, con un ejemplo -el mismo que usa la matemática del vídeo-:

Tenemos 521.000 votos divididos entre 6 candidaturas. Y queremos repartir 8 escaños de la manera más proporcional posible.
Para ello los repartimos mediante reglas de tres, a razón de un escaño cada 65.125 votos. Los asignamos:

Reparto proporcional, paso 1
Y nos encontramos con que sólo hemos asignado 5 escaños. Y ya ningún partido tiene 65.125 votos disponibles. Nos faltan 3 escaños.
La columna “Error” contiene la cantidad de votos que están “huérfanos” de escaño. La forma más justa de repartir esos 3 escaños es asignárselos a las candidaturas que tienen más votos sin cubrir (esto es, a los “restos mayores”). Que son D, E, y F. La cosa quedaría así:

Reparto proporcional, paso 2
Y ya tenemos repartidos los 8 escaños.

Como podemos ver, el método proporcional tiene error, un error de redondeo (118.750 votos mal representados, el 23% del total). Esto sucede porque no se puede ajustar a la perfección 8 escaños entre 6 candidaturas y 521.000 votos.
Y además, es un error importante -8 escaños son demasiado pocos: a medida que aumentan los escaños, el error tiende, con altibajos, a disminuir-.
Pero, en cualquier caso, el método proporcional minimiza el error. Con D'Hondt sería de 193.750 votos (37%).

Sin embargo, está la paradoja de Alabama.

Para saber lo que es la paradoja de Alabama, vamos a utilizar este mismo ejemplo, con los mismos votos, pero vamos a repartir ahora 9 escaños. El resultado es este:


Y, sorpresa, sorpresa, mirad lo que le ha ocurrido a la candidatura F.
Antes, repartiendo 8 escaños, le tocaba 1.
Ahora, repartiendo 9 escaños, no le toca ninguno. 
Repartiendo más, le tocan menos. Parece ilógico, ¿no? Ahí está la paradoja.
Y también parece injusto.

Aunque en realidad, no lo es. Es una ilusión. Pero una ilusión que ha "engañado" a sabios y expertos desde 1880, que es cuando se descubrió este “problema”.

Una ilusión que ha bastado para condenar al método proporcional.

¿Dónde está el problema?

Si os fijáis en la candidatura F, en el primer caso, con 8 escaños, resulta que le tocó uno con sólo 32.000 votos, pese a que el escaño valía 65.125 votos.
Esto es, la candidatura F está muy sobrerepresentada. El error de redondeo le ha beneficiado, y mucho. Se podría decir que ha tenido esa suerte. A alguna le tenía que tocar beneficiarse por el error de redondeo más que las demás.
Cuando repartimos 9 escaños, toca uno para cada 57.889 escaños. Y ese hecho cambia las asignaciones -a D le toca el sexto escaño directamente-, y también los restos que sobran del reparto inicial de escaños. El tercer mayor resto, que antes era la candidatura F, ahora es la C, que es la que recibe el error de redondeo a su favor.
A la F, en cambio, le ha tocado ser la más perjudicada. De nuevo, a alguna le tenía que tocar. Mala suerte.

Pero este hecho no supone ningún problema añadido. Es una consecuencia de que el error existe, y no se puede evitar. Ese error a veces beneficia a unos y perjudica a otros... y otras veces, es al contrario.
Pero eso no altera el hecho de que el método proporcional es el que menos error tiene. Es el más justo. Con paradoja de Alabama, o sin ella.

Si usamos el método D'Hondt para repartir 9 escaños, el error que sale es de 156.222 votantes mal representados. En el proporcional, con paradoja, el error es de 128.889.
El proporcional es mejor.

Y eso no es todo. La metedura de pata de los sabios y expertos es todavía mayor. Porque la paradoja de Alabama no sólo no es algo negativo, sino que, en realidad, cuando aparece, puede ser muy beneficiosa. Me explico:

Imaginémonos dos elecciones consecutivas. En una se reparten 8 escaños, en la siguiente, 9. Pero los votos son los mismos, los de este ejemplo.
En el primer periodo, la candidatura F ha estado muy sobrerepresentada. Sus votantes han tenido más peso que el que realmente les correspondía.
En el segundo periodo, la candidatura F ha estado infrarepresentada, más o menos, en el mismo grado.
Esto es, el error del primer periodo se ha compensado en el segundo. Lo que se le dio de más antes, se le quitó después. Tomados en conjunto los dos periodos, el error, en el caso de la candidatura F, prácticamente ha desaparecido.

En conclusión: la paradoja de Alabama, en este caso, ha sido beneficiosa. Ha reducido, y mucho, el déficit de representatividad:
La paradoja de Alabama mejorando la representatividad
En el primer periodo, el déficit de representatividad era de 118.750 votantes. En el segundo, 128.889. Pero tomados los dos en conjunto, al producirse la paradoja de Alabama, el déficit acumulado baja hasta los 90.083 votos. 45.041 votos de error de media por periodo electoral.
 
Si hacemos lo mismo con el método D'Hondt, sale un déficit acumulado de 297.972 votos. Más del triple.
Y, por seguir comparando, con el método Sainte-Laguë, sale 204.056.
No hay color.

La maldición del método proporcional no existe. Es una ilusión. La paradoja de Alabama, de ser algo, sería, o podría ser, en algunos casos, una bendición.

Así que, si hay que repartir escaños -que no tendríamos por qué, pero bueno, si hay que hacerlo-, el método es el proporcional. El de la regla de tres.
Porque es el mejor. Porque es el más justo.
Y si viene con paradoja, pues que venga. Mejor aún.

Y en cuanto a los expertos y sabios... y a los matemáticos... parece mentira que 135 años después de descubrir la paradoja... todavía sigan creyendo -y transmitiendo-, que es un problema. Un dogma de fe que se refuta con matemáticas elementales.

Manda huevos.



P.D. Que no sé yo si es sólo un problema de no saber, o también de no querer. Voy a ser mal pensado, para variar:

En el vídeo (minuto 12:40), cuando la entrevistadora le pregunta a la matemática si el método D'Hondt es más justo que el proporcional, no es capaz de responder que sí. Tartamudea.
¿Duda? ¿Le traiciona la conciencia? ¿Es buena matemática, pero mala mentirosa?
Al final, no afirma que sí, pero lo defiende de todas maneras, con un “...al menos, no tiene la paradoja de Alabama”.

Esto es, “¡que viene el Coco!

viernes, octubre 24, 2008

El dilema del prisionero

“La policía arresta a dos delincuentes que han cometido juntos un delito. No hay pruebas suficientes para condenarlos. Tras haberlos separado, les ofrece el mismo trato: Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, 10 años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos permanecen callados, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante 6 meses por un cargo menor. Si ambos confiesan, los dos serán condenados a 6 años.”


Este problema es uno de los ejemplos más conocidos de un área de las matemáticas llamada teoría de juegos, que trata de modelar la forma en la que los humanos tomamos las decisiones cuando hay terceros implicados. Es el campo al que se dedicó el premio Nobel John Nash, cuya vida inspiró la película “Una mente maravillosa”, interpretada por Russell Crowe.
Fue precisamente Nash el que mostró que los dos prisioneros optarían, en el llamado “equilibrio de Nash”, por traicionar al otro, a pesar de que, si los dos callaran, sería más beneficioso para ellos. Simplificando, la explicación es que así toman una decisión que supone el mal menor de todos los posibles dependiendo exclusivamente de sí mismos. Si confían en su compañero y este les traiciona podrían estar 10 años en la cárcel, así que, al traicionarle a su vez, se aseguran que en el peor de los casos sólo estarán 6 años.

Pese a la poca relevancia que aparentemente pueda tener algo llamado “teoría de juegos”, resulta que esta rama de la matemática tiene importantes aplicaciones en la vida real, en campos tan diferentes como economía, biología, filosofía, estrategia militar, ética, informática… y, como no, en política. Como muestra, este otro “dilema del prisionero” que vivimos periódicamente en nuestro país:

Varios millones de ciudadanos se enfrentan, cada cuatro años, a la toma de una decisión: qué hacer con su voto en las elecciones. Se les plantean dos opciones: la de votar a un partido político asumido como malo (cada vez menos españoles piensan ya que los políticos hacen bien su trabajo) o votar a otro presentado por los medios de comunicación como catastróficamente peor (los partidos concretos varían dependiendo del medio por el que el ciudadano se guíe). También tienen la opción de votar a partidos alternativos o votar en blanco, aunque es desincentivada desde los medios con la casi total ausencia de información sobre las otras alternativas existentes.




En este dilema de los votantes, el equilibrio de Nash se alcanza con el decantamiento mayoritario por el mal menor, esto es, el voto al menos malo de entre los partidos “oficiales” promovidos por los medios. A pesar de que, si todos los ciudadanos votaran a partidos alternativos, terminarían por librarse de aquellos reconocidamente perniciosos, en mayor o menor medida, para todos (sería el bien mayor, salir libre), el votante no se decide por esa vía, porque para tener éxito depende de la colaboración del resto de los ciudadanos, de los cuales, desgraciadamente, no se fía. Por ello, ese votante no osa correr el riesgo de votar alternativo, restando así votos al partido “menos malo” (mal menor, la condena de 6 años) en su lucha contra ese partido al que se teme o aborrece más que a nada en el mundo (el mal mayor, la condena de 10 años).

Y esta estrategia de manipulación de los ciudadanos funciona. Su éxito se basa en tres factores clave:

1) El primero, los gobiernos y los políticos de los distintos partidos deben ser malos, rematadamente malos. Así, los medios de comunicación pueden dividirse el papel de demonizar a unos o a otros, con motivos sobrados para ello (con lo que las críticas son creíbles y veraces); tan sólo tienen que incidir más en los errores de unos y atenuar los de otros para que el ciudadano que sigue ese medio caiga en la trampa de considerar que unos son “menos malos” que los otros. Además, la crítica recíproca crea una falsa pero necesaria sensación de pluralismo político.
Y bueno, si un partido lo hiciera bien, destacaría tanto que se llevaría todos los votos y acabaría con el dilema, con el otro partido, con el bipartidismo, y, de paso, con la partitocracia. No es una opción.
Los políticos actuales no tienen ninguna dificultad en dar adecuado cumplimiento a este requisito.

2) El segundo aspecto clave es mantener a los ciudadanos enfrentados unos con otros, ya que la forma de evitar el perjuicio de estos “dilemas de prisioneros” es la cooperación mutua. Si los delincuentes cooperan, ambos salen libres casi sin condena; se supone que no lo van a hacer porque son delincuentes y, lógicamente, no se fían el uno del otro. Si los ciudadanos cooperásemos, nos haríamos con el poder, ese que corresponde al ciudadano en los sistemas democráticos. Pero como los ciudadanos, en general, no somos delincuentes, hay que evitar de otra forma que nos pongamos de acuerdo. Para eso están esa acritud, enfrentamiento y “mala sangre” que cada día está presente en los medios de comunicación: rojos contra azules, izquierdas contra derechas, nacionalistas contra no nacionalistas, católicos contra laicos… los medios vierten el veneno necesario para mantener enfrentados a suficientes ciudadanos como para que nunca lleguen a plantearse siquiera cooperar.

3) Y el tercer factor clave: la ignorancia. Mantener una ciudadanía lo más desinformada posible, ignorante de los tejemanejes del poder, democráticamente inmadura y, también, si se puede, lo más idiotizada posible. Cuanto más, mejor.
Nuestro sistema educativo y la televisión son fundamentalmente los medios escogidos para cumplir con este objetivo.

Así, manteniendo las condiciones necesarias, se consigue que millones de españolitos tomen cíclicamente la misma decisión ante el mismo dilema, eligiendo, una y otra vez, a los partidos “menos malos”, los cuales siguen en el poder. La alternativa, el reemplazar a nuestra actual clase política por políticos honrados y competentes, esta bloqueada, porque somos incapaces de tomar, mayoritariamente, como pueblo unido, una decisión diferente a la que estamos predispuestos, por naturaleza, a tomar.
Tal y como está previsto y estudiado e, incluso, matemáticamente modelado.

Panorama desolador, otra vez. No me quito este pesimismo de encima…

En fin, termino con una propuesta por si este análisis puede, quién sabe, ayudar en algo: sabiendo lo que hacen con nosotros, podemos cambiar nuestra forma natural de responder. Podemos, simplemente, cooperar.
Una forma de hacerlo: elegir una opción de voto que, aunque sea inútil si somos pocos los implicados, sea útil si la escogen millones, si cooperamos millones. Mi opción es el voto en blanco computable, pero pueden valer otras. No la abstención, que ya es utilizada por millones de ciudadanos sin producir efecto. No los partidos o políticos que salen por la tele, que son los oficiales. Cualquiera de los demás, los desconocidos. O el voto en blanco.
Si muchos cooperamos, funcionará. Si no es así, no funcionará. Pero realmente no tenemos nada que perder: en el peor de los casos, ganarán los de siempre, seguiremos igual, cuatro años más en este demencial “equilibrio de Nash”.

Así que, por mi parte, al menos, desde este humilde y desconocido rincón de Internet, proclamo mi intención de cooperar. Hagan lo que hagan los demás. Sirva o no sirva de algo. Mi posición es y será, para siempre, la de COOPERAR.

lunes, septiembre 22, 2008

Decisiones democráticas

En 1779, Benjamin Franklin aconsejaba a su sobrino, indeciso sobre su futura elección de esposa (al parecer dudaba entre dos posibles candidatas), de esta manera:
Si dudas, escribe todas las razones, a favor y en contra, en columnas paralelas en un trozo de papel, y cuando hayas pensado en ellas durante dos o tres días, realiza una operación similar a la de algunas cuestiones de álgebra; observa qué razones o motivos de cada columna tienen igual peso, o son equivalentes en la proporción uno a uno, uno a dos, dos a tres, o algo por el estilo, y cuando hayas marcado todas las igualdades de ambos lados, verás en qué columna queda el equilibrio... si no haces así, me temo que no te casarás nunca.
Pese a provenir de una personalidad de la talla intelectual de Franklin, científico, inventor y uno de los padres de la Constitución americana, este consejo es, cuanto menos, discutible.
Este sistema de toma de decisiones, al que Franklin llamó “álgebra moral”, no es precisamente la forma natural en la que lo hacemos los humanos. Por el contrario, tomamos las decisiones siguiendo unos procesos asombrosamente simples, incluso en circunstancias de gran complejidad; es más, por lo general, nuestras decisiones suelen estar basadas en una única razón. En palabras de Mae West: “Un hombre puede ser bajito, regordete y calvo, pero si tiene fuego, gustará a las mujeres”. Desde luego, Mae no necesitaba un complicado análisis lógico para elegir pareja.

Otro de los casos más claros de procesos de decisión simples en circunstancias complejas es el de nuestros procesos electorales. Los españoles nos enfrentamos a un numerosísimo elenco de partidos políticos (unos 100 estas últimas generales), con sus consiguientes programas o propuestas y sus listados de diputados y senadores. En total, cientos de ideas, medidas, propuestas, políticos, aspectos particulares a valorar. La tarea de analizarlo todo e intentar hacer una predicción aceptablemente válida acerca de la actuación de cada partido durante los próximos cuatro años resulta sencillamente abrumadora.
Pero nadie elabora complejas tablas al estilo Franklin, valorando miles de razones a favor y en contra de votar a unos u otros. En realidad, la decisión de nuestra opción de voto (o de no voto) es mucho más sencilla.
Para empezar, la inmensa mayoría de los votantes se centra exclusivamente en los partidos más conocidos (los que salen por la tele). Los demás ni se tienen en cuenta. Es el primer filtro.
El segundo filtro es casi siempre un único factor: para muchos, la identificación de un partido con una ideología: izquierda-centro-derecha, nacionalista-no nacionalista. Otros votan a la contra, para que no gane “el malo”, sea este el que sea. Otros lo hacen por simpatía hacia un político, al partido de la oposición para que haya alternancia, o al que gobierna porque “les va bien”. Otros se deciden por la postura de un partido con respecto a un asunto concreto o por un acto de gobierno anterior: la guerra de Irak, el aborto, la eutanasia, el terrorismo o incluso por una asignatura de la ESO.

Así es como decidimos los humanos. Usamos nuestra capacidad de abstracción para extraer el que creemos más importante de entre un conjunto de aspectos, y escogemos teniendo únicamente ese en cuenta. Si no basta para decidirnos, repetimos la operación con otro. Y así sucesivamente.
Así, elegimos un electrodoméstico por su marca conocida (1ª razón) y su buen precio (2ª razón); elegimos un médico porque nos escucha (una razón) o tal vez porque nos firma bajas por enfermedad; nuestro bar favorito es el que pone las tapas más grandes, viajamos por carretera por la ruta más rápida, caminamos por las calles más transitadas, compramos en las tiendas “de moda”… y así con todo. Es raro necesitar más de dos o tres razones para decidir algo.
Pero este sistema de toma de decisiones, bueno para el homo sapiens que vivía hace miles de años en un mundo primitivo, mucho menos complejo que el actual, no siempre es adecuado en nuestros días. Uno de estos casos es el que nos ocupa: el de escoger un partido que nos gobierne durante cuatro largos años.
Valorar en una única decisión un gobierno supone procesar una cantidad enorme de información, excesiva para nuestro limitado cerebro humano. Como no podemos manejarla, simplemente, la ignoramos. Tampoco utilizamos, como alternativa, el “álgebra moral” de Franklin. Votamos por dos o tres detalles escogidos sin tino, influidos por el marketing político, que casi nunca tienen relación con las decisiones que van a tomar posteriormente los políticos electos.
No tiene el menor sentido.
En nuestro sistema político se nos ofrecen multitud de partidos que casi nadie tiene en cuenta, multitud de programas que casi nadie lee, multitud de propuestas que casi nadie puede valorar o que ni siquiera conoce. Es un sistema político mal diseñado. Las actuaciones de los distintos gobiernos se llevan a cabo, en su mayoría, con el desconocimiento de los ciudadanos o incluso en contra de su voluntad. Es decir, no son democráticas: nuestro sistema político, tal y como está diseñado, no es democrático. Al menos, no para humanos.

Pero, aunque no podemos dejar de ser humanos, sí podemos rediseñar nuestro sistema político.




Voy a enfocar la cuestión de otra manera, haciendo números, para llegar a la misma conclusión. Especulemos un poco:
Imaginémonos una de las promesas electorales del partido del gobierno, el PSOE. Como ya sabemos, las razones para votar a los partidos son variopintas y diferentes para cada elector, por lo que una parte de los votantes del PSOE ni siquiera habrán considerado esa promesa electoral concreta, mientras que otros incluso estarán en desacuerdo, aunque otros motivos para ellos más importantes han inclinado su voto hacia ese partido.
Vamos a considerar que la medida es popular, es decir, está en general bien vista entre los votantes del PSOE. En ese caso, una buena aproximación, en cifras, podría ser la de suponer que, dentro de los votantes del PSOE, un 80% está a favor de la actuación y un 20% en contra (por simplificar podemos ignorar a los indiferentes). Teniendo en cuenta que el PSOE está gobernando con el 43% de los votos válidos emitidos, esos votantes del PSOE supondrían aproximadamente un 35% del total de votantes.
Si la medida es popular, una parte de los votantes de los otros partidos también la va a ver con buenos ojos; incluso los del PP, ya que muchos de ellos, al igual que los del PSOE, no han tenido en cuenta el programa del PSOE a la hora de decidir su voto al partido de la oposición. Sin embargo, el hecho de ser una medida del PSOE le restará mucho apoyo entre los votantes del PP. Me voy a permitir una estimación algo arbitraria: un 20% de los votantes a los otros partidos está a favor. Eso corresponde aproximadamente a un 12% del total de votantes. Sumados a los del PSOE nos da un 47%.
Considerando el resto de la ciudadanía, la mayoría de ese 1,12% de votantes en blanco estará probablemente en contra; por otra parte, entre el 30% de abstencionistas, es difícil hacer alguna suposición: si la medida es popular algunos estarán a favor, pero una parte estará mayormente en contra: los que se abstienen como modo de protesta. Supongamos un empate.
Sumando y restando, se obtiene aproximadamente un 46% de ciudadanos a favor como resultado final de este ejercicio numérico. Un apoyo sorprendentemente bajo teniendo en cuenta que estamos ante una medida popular: si el PSOE llega a ejecutar esa promesa, lo hará con más del 50% de la ciudadanía en contra.

Este cálculo tiene un margen de error importante que hay que tener en cuenta. Además, de entre todas las promesas, habrá alguna extremadamente popular que sea del agrado de una mayoría de ciudadanos. Así que se puede admitir que unas pocas de las actuaciones de los gobiernos van a ser democráticas, pero serán las excepciones a la regla. Por el contrario, la mayoría de las actuaciones son poco o nada conocidas y/o escasamente populares; si las más conocidas y populares rondan, siendo optimistas, el 50% de apoyo de la ciudadanía, el resto quedarán definitivamente por debajo, algunas incluso con la gran mayoría de la ciudadanía en contra.
Es decir, que la mayor parte de las actuaciones de los diferentes gobiernos, estatal, autonómicos y municipales, se llevan a cabo, en España, contra la voluntad del pueblo.
Justo lo opuesto a lo que ocurre en las democracias.




Pero no habría sido necesario recurrir a estudios científicos sobre el cerebro o a cálculos numéricos especulativos para llegar a la conclusión de que en España no existe la democracia: habría bastado con echar un vistazo a algunas medidas concretas de los gobiernos, a esa gran cantidad de decisiones políticas que son rechazadas de forma mayoritaria por los ciudadanos, incluidos los mismísimos votantes del partido que las toma. Por ejemplo, entre otras muchas, las reiteradas auto-subidas de sueldo de políticos y altos cargos, la participación en ciertos actos bélicos, la politización de la Justicia, las sucesivas reformas laborales que han conducido a la cada vez mayor precarización del empleo, las medidas de gestión del sistema educativo que nos ha llevado a tener un 30% de fracaso escolar, o las del sistema sanitario donde todavía padecemos, entre otros despropósitos, listas de espera de meses
Y esas son medidas más o menos conocidas. No digamos lo que ocurriría con esa multitud de decisiones oscuras que no trascienden a los medios de comunicación: asignación de contratos públicos, nepotismo, enchufes, oposiciones, tramitación de expedientes administrativos, licencias, denuncias…
Lo cierto es que ninguna persona en su sano juicio aprobaría la labor de estos gobiernos, si la conociera en profundidad y si fuera capaz de valorarla. Las decisiones que los políticos toman con un apoyo mayoritario de ciudadanos son tan escasas que probablemente nos bastaría una mano para contarlas. El resto de sus decisiones, es decir, casi todas, se ejecutan contra la voluntad de la ciudadanía.




El error de nuestro sistema político se reduce, básicamente, a que no existe la debida correspondencia entre la voluntad de los ciudadanos y las decisiones de los políticos.

Por fortuna, ese error no es irreparable. La solución del problema es obvia: que los ciudadanos tomen las decisiones directamente… y de una en una, y que los políticos sean meros ejecutores de las decisiones de los ciudadanos.
En otras palabras, hay que convertir a los políticos en gestores y a los ciudadanos en políticos.

Aunque someter todas las decisiones a referéndum es imposible, no lo es ir modificando el sistema poco a poco para ir abriendo cada vez más la vía de la participación ciudadana directa. Estas son posibles alternativas, ya utilizadas en otras naciones, para conseguir ese objetivo:
1) Incluir una “papeleta referéndum” en los actuales procesos electorales, con diferentes cuestiones: las penas para los pederastas, la postura básica sobre el aborto o la eutanasia, la asignatura de Educación para la ciudadanía… o cualquier otra que fuera susceptible de ser planteada por este medio. Así, los votantes podrían decidir sobre esos asuntos, e independientemente elegir al político o partido por el que se sientan representados; sólo que ahora la decisión de los votantes sería vinculante para los políticos electos.
Esta medida sería muy fácil de implementar, a la vez que barata, pues apenas conllevaría el sobrecoste de una papeleta más cada cuatro años; y, bueno, tal vez unas horas más de trabajo para los sufridos “voluntarios” de las mesas electorales.
Un requisito indispensable para que funcionase esta medida sería la implementación de un procedimiento de iniciativa ciudadana viable (no como el que tenemos ahora), para que la inclusión de preguntas en esa papeleta estuviera abierta también a la ciudadanía.
2) La celebración de referéndum vinculantes puntuales para los asuntos urgentes que surgieran durante la legislatura. Se podrían unir, para ahorrar costes, en un referéndum anual.
Naturalmente, estas dos medidas tienen que estar habilitadas a todos los niveles: los referéndum deben ser estatales, autonómicos y locales.
3) La implantación de presupuestos participativos en todos los municipios. Esta medida se podría implantar de forma progresiva, empezando por un pequeño porcentaje del presupuesto municipal que se iría incrementando cada año.
Y claro, por presupuesto participativo entiendo aquel en el que los vecinos participan directamente y en el que sus decisiones son vinculantes. Es decir, no me estoy refiriendo a los casos de autoproclamados “presupuestos participativos” que están “funcionando” actualmente en algunos municipios españoles.

Hay muchas otras opciones, aparte de estas tres, para ir haciendo democrático nuestro actual sistema; y no hay razón alguna para no utilizarlas. Los sistemas políticos pueden reformarse, es más, deben ser reformados, progresar, avanzar, evolucionar… hacia mejores formas de gobierno.

Así que la democracia es posible, está a nuestro alcance… si queremos alcanzarla. La cuestión se reduce entonces a una pregunta:
¿Queremos una democracia?

lunes, agosto 25, 2008

Prejuicios, corbatas y políticos

El hombre observa al grupo desde lejos, agazapado entre los arbustos. Son varios adultos y jóvenes, armados con sus venablos. Una partida de caza. Desde la distancia no aprecia su aspecto. Podrían ser de su clan.
El hombre lleva días siguiendo el rastro de una manada de ciervos. El rastro le ha conducido aquí. Pero están los otros.
No puede regresar con su gente con las manos vacías. Las manadas escasean, y necesitan la carne. Si esos extraños fueran de su clan, podrían ayudarle.
El hombre no tiene elección. Sale de los arbustos, y avanza, despacio, hacia los cazadores. Le ven. Muestran las palmas de las manos. Gestos amistosos.
Casi a tiro de venablo, el hombre alcanza a ver sus rostros sonrientes. Sus rasgos no le resultan familiares. Sus pinturas corporales, sus adornos, tampoco. No son de su clan.
De inmediato, el hombre se gira sobre sí mismo, y corre. A su espalda oye un gañido de rabia. Le persiguen. Pero no le alcanzan. Es rápido.
Cuando ya no puede más, se para. No hay señales de sus perseguidores. Ha escapado.


Multitud de encuentros similares a este han tenido lugar entre los humanos desde hace decenas de miles de años. El resultado de estos encuentros ha venido determinado, entre otras razones, por esa capacidad que tenemos los humanos para tomar decisiones sin analizar o razonar previamente y, por ello, sin perder un instante de un tiempo de reacción del que en muchas ocasiones no se dispone. Esta habilidad recibe distintos nombres: reacción instintiva, intuición, corazonada, sentimiento visceral
Para tomar este tipo de decisiones nos basamos, inconscientemente, en unos escasos y escogidos datos que nuestro cerebro procesa a toda velocidad. Una serie de reglas generales, del tipo “si es extranjero es malo”, bien instintivas, bien aprendidas, pero fáciles de evaluar. El término científico para definir estas reglas es “heurística”.
Pero esta habilidad, que es parte de nuestra naturaleza, que utilizamos continuamente y que ha sido fundamental para mantener al homo sapiens sobre la faz de la tierra hasta el día de hoy, tiene su “lado oscuro”.

Hace unos días se apresó a un terrorista de ETA, Arkaitz Goicoechea, el cual, siguiendo las 18 páginas del manual “de imagen” de la banda, había cambiado tanto su aspecto que no tenía el más mínimo parecido con las fotos que había de él en las fichas oficiales y en los carteles para la colaboración ciudadana. En dicho manual se resalta, también, que el miembro de la banda no debe aparecer “como un individuo descuidado o sucio”, “porque se tiende a asimilar al terrorista con una persona que no cuida su aseo”.
Así, Arkaitz, disfrazado de niño pijo, limpito y arreglado, vivía feliz entre sus vecinos sin que nadie sospechara nada.

Una parte de nuestras intuiciones son posibles gracias a unas reglas generales concretas: los estereotipos. Los humanos asimilamos valores, virtudes o defectos, a estereotipos, los cuales utilizamos, continuamente, para prejuzgar a los demás. El homo sapiens es el gran especialista, dentro del reino animal, en la clasificación de sus semejantes. Nos clasificamos por raza, edad, aspecto físico, vestimenta, ocupación, condición...
Nuestra lista de estereotipos es extensísima, y cada uno, cada estereotipo, viene acompañado de sus correspondientes características (“extranjero == malo”, “terrorista == desaseado”).
Por instinto, prejuzgamos a nuestros semejantes. En otro tiempo, eso nos sirvió para sobrevivir. Pero hoy, estas intuiciones, o prejuicios, son, como poco, inconvenientes.

En algunos casos aparentemente lo tenemos claro. La sociedad condena tajantemente el racismo o el machismo, como formas de discriminación inaceptables producidas por los prejuicios hacia los extraños o las mujeres.
Pero en otros casos todavía no lo tenemos tan claro.

No sólo sacan tajada los terroristas de esta “debilidad” humana, en otros ámbitos ocurre lo mismo. Por ejemplo, en cualquier actividad profesional la apariencia de todos aquellos que quieren vendernos algo está cuidadosamente estudiada. Los trajes (y corbatas, en caso de los hombres) son de uso obligado en muchos empleos. Y a pesar de que esto es algo sobradamente conocido, seguimos asimilando al estereotipo “traje y corbata” cualidades como experiencia, conocimiento, eficiencia o seriedad. Incluso sabiendo que la persona en cuestión puede ser simplemente un infeliz becario contratado el día anterior, o un Antonio Camacho cualquiera (ex-presidente de Gescartera, conocido también por sus elegantes, y costosas, vestimentas).
Seguimos prejuzgando a los demás, tal y como lo hacían nuestros antepasados hace decenas de miles de años, aun cuando, hoy, las reglas han cambiado. Aquellos que quieren engañarnos saben cómo hacerlo, saben cómo disfrazarse, cómo aparentar ser lo que no son.
Pero a pesar de que estamos prevenidos, a pesar de que la sabiduría popular nos advierte de que “las apariencias engañan”, de que hay “lobos con piel de cordero” y de que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, seguimos cayendo, una y otra vez, en la misma trampa de los prejuicios.
Y eso que este problema es bien fácil de solucionar: basta con hacer un pequeño esfuerzo para juzgar a las personas por sus actos, no por su apariencia. Juzgar sobre hechos, no sobre palabras o sobre aspecto. Casi siempre es posible hacerlo. Y cuando no, aplicar el sentido común: cuanto más luce el envoltorio menos vale el contenido.

En fin, ahí dejo este consejillo para mejorar nuestras vidas, previniendo los males evitables que sufrimos al dejarnos guiar en exceso por el instinto y confiar en las personas inadecuadas. Sígalo quien lo desee.

Naturalmente, entre esas personas inadecuadas destacan, especialmente, los políticos.


prejuicio
1. m. Acción y efecto de prejuzgar.
2. m. Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.

prejuzgar
(Del lat. praeiudicāre).
1. tr. Juzgar de las cosas antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento.


NOTA: Como lectura relacionada (y recomendada) aquí dejo este libro: "Decisiones instintivas. La inteligencia del inconsciente", de Gerd Gigerenzer.